fragmentos de bolsillo

Los valores humanos están determinados por los valores económicos. Lo que es bueno para la máquina debe serlo para el hombre. El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo perderlo-.
(El arte de amar, Erich Fromm)

miércoles 22 de julio de 2009

Una reflexión sobre el mundo islámico.

Estos fragmentos pertenecen a la introducción y la conclusión de un trabajo que realicé para Historia Medieval sobre la visión histórica del mundo islámico en la Edad Media y en la actualidad.


‘’El 11 de septiembre de 2001 el mundo occidental y cristiano descubrió, repentinamente, la existencia de un inmenso universo ignorado: la existencia de mil doscientos millones de musulmanes.
De los diecinueve kamikazes quince eran ciudadanos de Arabia Saudita. El veinte, Zacarias Moussaoui, era francés, de madre marroquí, emigrante en Francia. (…) Le dieron cincuenta minutos para explicar su situación. Empleó un mínimo de su tiempo. Sólo para decir lo siguiente:

Que rezaba por la destrucción de los Estados Unidos; por la destrucción del pueblo judío y de su Estado y, finalmente, por el restablecimiento de la dominación islámica en España’’

(El Islam: ese inmenso desconocido en rebelión. Juan María Alponte, Revista de la Universidad de México)


Ahora que ya hemos adquirido plena conciencia de la existencia del mundo islámico, y ahora también que, por desgracia, surgen disputas entre el Occidente y el Oriente por razones y fabricaciones históricas, es necesario revisar los episodios de nuestra historia donde se encuentra un mundo que hemos mantenido desterrado en nuestras mentes hasta hoy. Ese mundo es Al-Andalus. Conocerlo nos sirve para entender bajo qué pretextos actúan hoy el Occidente y el Oriente, la hegemonía occidental y el fundamentalismo islámico. Y también para aprovechar, debido a la llegada de inmigrantes marroquíes, esta oportunidad de convivencia y diálogo entre ambas culturas.

***

Quiero decir antes que nada que el motivo de este trabajo ha sido y es ante todo personal –incluso sentimental-, como me parece que ha de ser todo lo que estudiamos. Al comenzar este trabajo tenía multitud de ideas en la cabeza sobre la manera de enfocarlo, pensaba no sólo en al-Andalus y en el mundo islámico actual, sino particularmente en Marruecos y en sus relaciones con España a lo largo de la historia, relaciones dominadas por la tolerancia y también por la cerrazón. La idea surgió después de mi viaje a Marruecos y del contacto con un mundo que nos resulta inevitablemente exótico, complejo pero también familiar. He tenido que dejar algunas cosas atrás por falta de tiempo y al final, el resultado es apenas un puzzle con distintas piezas, separadas por el momento, que sin embargo han dejado claras varias cosas respecto al tema y objeto del trabajo (también muchas dudas, pero de eso se alimenta la sabiduría).

En primer lugar y quizá desde nuestra visión del mundo, desde una perspectiva que es occidental y que es española, me parece inevitable señalar la complejidad en torno a la cual se erige el mundo islámico. Esa complejidad estoy segura de que nace primero del desconocimiento casi total que tenemos de ese mundo, pero también entran en juego otros factores, y es que no se puede comparar el mundo occidental con el islámico en cuanto a procesos históricos a día de hoy, en un Occidente secularizado frente a un Oriente islámico que busca otros caminos. Tenía razón y es hermoso a la vez que un poco triste cuando Albert Ferrer dice que ‘’en Oriente hay un movimiento hacia la unidad, hacia el uno. En Occidente hay un desgarramiento entre el uno y el múltiple’’ y que ‘’aunque sea por medios distintos, pueden andar buscando lo mismo, en busca de espiritualidad, en busca de unidad’’ . Estas palabras pueden resultar plagadas de inocencia, en cierto modo es así porque se pasa por alto todo conflicto actual y pasado, pero constituyen, desde mi punto de vista, una de las claves para la solución de esos conflictos que hoy vivimos.

En segundo lugar el papel que una vez más volvió a jugar Occidente esta vez en el mundo islámico contemporáneo. Sabemos de nuestro peso en el mundo, de nuestra cultura y de nuestra hegemonía, de todos los valores sobre los que nos hemos constituido y sin embargo, nos volvemos unos bárbaros cuando nos da por colonizar, por influir a países sin preguntar siquiera, todo eso –quizá lo más horrible- justificado por un discurso falsamente democrático y civilizador. Me encantaría que el mundo islámico nos diera una respuesta frente a eso, que el mundo islámico se configurase acorde a su sociedad, a su pensamiento, etc., y que esa configuración fuera el fruto de toda la comunidad de un país, hecha por ellos mismos, aunque influenciada, como siempre ocurre, por otras culturas. Pero me parece difícil, porque hay una parte de nosotros, una mayoría que no quiere, y porque también hay entre ellos aquellos que buscan solamente inmovilizar lo cambiante, y que desgraciadamente muchas veces lo consiguen.

Hoy el mundo islámico nos toca, se mueve entre nosotros y a la vez sin nosotros, es un extraño, un intruso que de repente ha llegado y ha matado a doscientas personas en Madrid, un intruso que comparte el autobús interurbano con nosotros. Es curioso cómo de repente el autobús se transforma en una mezcla espontánea de colores, de miradas. Es muy cierto que la visión que tenemos de ese mundo está tergiversada o justificada por la historia, por el desconocimiento que lleva al rechazo y al miedo. Otras veces es sencillamente el mundo contrario al nuestro, fanático, caótico, irracional, espejo y crítica de Occidente , como bien dice Juan María Alponte.

Por eso me parece un esfuerzo importante intentar, antes que nada, conocer ese mundo, aunque sea sólo a grandes rasgos, conocerlo para entender el por qué de los procesos que vive, procesos porque es un mundo que se mueve, que cambia, un mundo al que influimos con nuestra imparable hegemonía occidental y que también nos influye al acercarse a nosotros con la llegada de tantos inmigrantes a nuestro país. La inmigración se convierte muchas veces en un problema, un problema serio que nos trae de cabeza. A mí me gusta pensar, sin olvidar eso, que también es una oportunidad que se nos brinda, la oportunidad de dejar de un lado los clichés y prejuicios de toda clase y adentrarnos en una cultura que también tiene mucho que ofrecernos. Al fin y al cabo la patria como tal es un invento, son muchos paisitos (de país) juntos, muchas gentes diferentes que se mezclan y mezcladas son lo que llamamos hoy España, o cualquier país que se tercie.

viernes 12 de junio de 2009

Fe.

Sólo en sueños, en la poesía, en los juegos –encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.


Julio Cortázar, Rayuela, Capítulo 105.


En algún lugar innumerado de esa gran filosofía de vida que es Rayuela encontré, siempre por azar, un pasaje en que un personaje decía que al final todo era cuestión de fe.


Una frase de Nietzsche: ‘’Fe significa no querer saber la verdad’’.


Claro que Nietzsche unía inevitablemente la fe con lo religioso. Y aquellos que abrazan la fe no piensan, en ningún momento, que esa fe que llevan a cuestas es una manera de esconderse del mundo. Dejémoslo ahí, que todavía una no comprende esa fe religiosa salvo cuando el Cristo de la Paz se para en toda su cara, los costaleros hacen un esfuerzo arriba y abajo para clavarlo en la tierra y suena la música de repente y de fondo con sollozos traseros de mamá. Entonces invade el recuerdo de personas inevitablemente pasadas que ya no pueblan los caminos, y una se convierte en una magdalena sin saber aún si eso es fe religiosa o no, yo me decanto por el poder de las imágenes.


El poder de las imágenes, el poder de un verso cuando entra en el cuerpo y se queda grabado, el poder de un niño en un carrito de bebé que sonríe y quiere jugar mientras la mamá lee el periódico ignorando los sucesos que bien podrían girar su vida. Ignorar esos sucesos, esas prácticas cotidianas que están ahí y que siempre obviamos porque se han consagrado terriblemente y han pasado a formar parte de palabras tan feas como rutina, tedio, monotonía.


Qué carajo queda entonces si no es eso, si no sabemos o no aprendemos o no queremos resquebrajar la realidad imponente y sacarle el jugo, entiendo, es difícil, pero se puede, mira que si se puede, yo lo siento en la calle cuando hace viento, cuando voy caminando al ritmo de una canción que me tararean en los oídos, cuando paseo en bicicleta sin pedalear cuesta abajo, cuando juego a las cartas y gano, aquí ahora mismo en este olor a madera quemada y mofletes colorados.


Es como si hubiera un mundo encerrado dentro del que siempre vemos que es pura tristeza, un mundo encerrado que no queremos dejar salir porque sería el caos, ay, linda palabra. Y ese mundo quizá contendría… iba a decir respuestas, ya no sé, es posible que contenga multitud de respuestas que no coincidan con nuestras preguntas. Pero y qué más da, quizá habría que cambiar esas preguntas, ¿no?, al fin y al cabo están ligadas al mundo que llamamos real, al tedio y ese tipo de cosas.


Sí, yo también pienso que habría que tirar la ventana y a nosotros con ella. Desechar nuestra manera racional y mundana de ver el mundo, que no sirve, que se gasta y buscamos e intentamos abrir nuevas vías de respiración no contaminada. En ello andamos, a veces con los ojos bajos mirando la basura amontonada del suelo, a veces con los ojos brillantes porque pasó una motita de polvo justo al lado nuestro y con el sol detrás hasta brillaba. Al fin y al cabo va a ser eso, la fe (me ahorro la parafernalia antirreligiosa, o más bien anticlerical, porque lo religioso tiene también su componente místico, intangible y nosotros también lo tenemos ahí dentro, innegable) lo que nos mueve hacia nosesabedónde y donde llegaremos quiénsabecuándo.

sábado 14 de febrero de 2009

Sobre el fracaso (esbozo)

Lo que pasa es que yo considero que el fracaso es la más resplandeciente victoria.
Leopoldo María Panero (El Desencanto, 1976)

Creo que podemos reconocer el mundo por su incuestionable dualidad entre bien y mal, amor y odio, e infinitas más que conviven juntas y hasta cierto punto se compenetran, como dos piezas de puzzle que contrarias se enganchan la una a la otra. Nosotros mismos somos duales, y quizá por eso reconocemos también el mundo como tal, puesto que es el que hemos construido.
Las dualidades conviven en nosotros como partes inexpugnables de un todo que consideramos contradictorio. Tratamos siempre de estar a un lado de esa dualidad, intentando evadirla. Es imposible. Todo intento de separar lo dual está condenado al fracaso... Fracaso, bonita palabra. Desconozco su etimología, aunque me gustaría saber cuál fue su primer significado, probablemente muy distinto del de ahora. Los diccionarios, esa especie de salvaguardia de las palabras muertas, abogan por un significado de ausencia de éxito, entre otros, y éste sobre todo es el más extendido popularmente, y por tanto también, el que más nos interesa.
Claro que habría que entrar primero en el mundo del éxito mismo para saber qué es o qué puede llegar a ser la ausencia de él. ¿Qué es el éxito? Supongo que cada uno de los que atraviesan estas líneas está tratando de contestar tal pregunta, a fin de llegar a una conclusión a la que aferrarse sin mayor impedimento. No está mal. No existe un concepto plenamente aceptado de éxito, eso lo sabemos. Cada uno tiene el suyo propio o, al menos, debería tenerlo (siempre y cuando lo considere necesario). Pero entremos en el juego inválido de la generalidad. Entremos sin mucho remordimiento e intentemos pensar qué se entiende hoy por éxito en términos generales. O cuáles son los elementos propicios para que el éxito salga a flote. El primero, probablemente, sea el dinero. Con dinero pueden hacerse muchas cosas. Exactamente las mismas que sin dinero, si abrimos brechas, si nos lanzamos al vacío. Pero tampoco quería entrar en eso ahora. Dinero. El dinero te da posición social, multitud de cosas materiales y útiles. A veces da también -o crea la ilusión de que da- otras cosas a priori emocionales. Así pues, tener dinero significa -en términos generales- que uno trabaja, más o menos, mejor o peor, pero trabaja. Si trabaja, puede permitirse mantener a una familia, es decir, compartir su vida con alguien y reproducirse, algo natural.
De modo que si una persona gana dinero trabajando, y además tiene una familia -una familia y un círculo social que la rodea- puede decirse que ha tenido éxito en la vida. Ha llegado al culmen de las posesiones-convenciones ampliamente aceptadas. Pero entran en juego ciertas cosas adheridas a esas posesiones que tienen como objetivo, más bien, desposeerlas... nada es perfecto, quizá el trabajo sea aburrido, y la pareja haya empezado a pensar que ya no es lo mismo. Cosas también naturales... el equilibrio es complicado, lo sabemos. También sabemos que si el factor dinero se hace más grande, repentinamente se asocia a un éxito mayor. Éxito económico únicamente, si queremos, pero éxito al fin y al cabo. Y si el círculo social aumenta, mayor éxito relacional... el éxito se asocia a la cantidad, no ya únicamente de cosas, sino de personas, de emociones... nada que ver con la calidad de lo que se tiene. La calidad es secundaria. A veces, ni siquiera secundaria... a veces ni siquiera es. Nadie quiere la soledad de espíritu, nadie la pobreza, nadie la libertad.
Resulta entonces bastante sencillo, después de toda esta parafernalia palabrera, definir el concepto de fracaso actual: ausencia de dinero, o de pareja, o de hijos, o de trabajo, o de un círculo social, o de todo a la vez. O visto de otra manera: el fracaso como negación de los valores actuales, de lo que hay que hacer... convertido ya en la más grande de las victorias: la de uno mismo. Cuántos fracasados entonces, cuántos fuera de la línea recta a seguir.
Y esto es sólo un logro más de la supremacía de los valores económicos (valores económicos = dinero = cantidad antes que calidad)... sólo uno más. Pero probablemente ahora sí que entendamos a Panero.

viernes 12 de diciembre de 2008

6



¡Quema el dinero y baila!

Ahora nos dicen que hay crisis y nos mienten, tanto como cuando anunciaban la prosperidad de las vacas mutantes engordadas con transgénicos y química y plástico. Porque la recesión y la expansión son una farsa, los dos movimientos de avance y retroceso de la misma ola de servilismo, explotación y miedo que te voltea y te ahoga a ti, a mí, a nosotros, esclavos del salario que vivimos una crisis eterna ya que vivir es pagar por cada acto que se realiza y por cada sueño que se alienta, y ay del que se atreva a actuar y a desear fuera y contra el mercado. .

Ahora nos dirán que la crisis tiene una causa concreta y razonable, que sólo ha fallado una pieza del sistema, que la avaricia rompe el saco y que errar es humano, pero no importa porque ha llegado el Rey Mago Baltasar con su saco repleto de promesas para refundar el capitalismo y repintar las baldosas que llevan a la Ciudad Esmeralda, pues Oz y su espectáculo deben continuar, y esto es entretenimiento. Y nos seguirán mintiendo, porque el capitalismo no tiene cura: es la crisis que se reproduce a sí misma arrasando hombres, mujeres, culturas y tierras, hasta la consunción definitiva del planeta.

Por eso es necesario destruir de una vez para siempre esa recesión y esa prosperidad y esa economía que tanto preocupan a algunos. Por eso quemamos el dinero, tótem y tabú, corazón y sangre, abstracción y realidad máximas del capitalismo: para acelerar la crisis destruyendo la riqueza de sus naciones, para que la recesión receda hasta ahogarse en su propio vómito financiero, para que se diluya la economía y resurja la vida. Porque el dinero que tanto se adora es tan falso como todo lo demás, humo pestilente que tendremos que disipar hasta que se aclare el gran día.

Se dirá quizás que ese dinero no nos pertenece, que forma parte del producto interior bruto y de la renta nacional y del tesoro real, monstruosidades malditas que empañan lo que una vez fueron las relaciones humanas de producción comunitaria, de intercambio, de regalo y de don. Pero, ¿acaso no nos lo habíamos ganado con el sudor de la frente? ¿No era nuestro, a cambio del trabajo, del tiempo de vida que hemos malvendido? Entonces nos queremos permitir el lujo gozoso de destruirlo, lujo que sin embargo está al alcance de cualquier bolsillo porque tan sólo se trata de estar harto, y de atreverse. Y si nos damos el capricho gratuito de destruirlo es simplemente porque no hemos encontrado ninguna otra utilidad mejor o que valga más la pena, y todo lo que se pueda hacer con ese dinero, ahorrarlo e invertirlo para que crezca y se multiplique como si fuera un virus, o gastarlo para comprar basura de última generación, consumir distracciones insípidas, subir pensiones de risa, pagar hipotecas vampíricas, o financiar campañas para reivindicar reformas lamentables, son otras tantas excusas que nos atan a la economía a la vez que la refuerzan. Ha llegado el momento de cortar semejante cordón umbilical: negamos el capitalismo, y por lo tanto no queremos su dinero.

Por eso lo quemamos, quemando de paso el tren de la economía con los listones de papel que forman sus vagones, y toda su mercancía. Y nos despedimos recordando, por si hubiera alguna duda, que en el mundo que todavía llevamos en nuestros corazones existirá el baile, pero no el dinero.

¡Crisis! ¡Más crisis!
1929…1973…2008… ¡a la tercera será la vencida!

¡Quema el dinero y baila!

Los críticos crónicos

Extraído de: http://www.nodo50.org/mlrs

viernes 5 de diciembre de 2008

5

No future

Digo que el futuro no existe, y los que creen que saben, los que han aprendido a recitar el discurso de la experiencia, se quejan, se quejan porque algo los empuja, algo innombrable que está muy dentro de ellos.
Qué horror, piensan, cómo puedes decir algo así, de dónde lo has sacado.
Y es que un día te levantas y lo piensas, ¿de veras existe el futuro, ese futuro del que nos hablan y que condiciona sobremanera nuestro presente, es decir, nuestra vida?
La idea del futuro no es más que la desvalorización del presente. Es un concepto que utilizan para hacernos creer que todo ha de tener un fin, un fin que, sabemos, está lejos, porque realmente no existe.
Si rechazamos entonces que el futuro exista, estaremos rompiendo, al menos el parte, con el utilitarismo propio de nuestro tiempo, pues negar esta idea nos obliga a hacer en cada momento lo que realmente queramos hacer.
Sin embargo, no vamos a engañarnos; el peso del futuro no puede reducirse en nosotros de un día a otro. Estamos inevitablemente condicionados por esta idea, y todavía pensamos qué hacer con nuestra vida de cara al futuro: qué trabajo escoger, dónde vivir, de qué manera. Imaginamos, pero sólo está a nuestro alcance plantear hipótesis sobre qué podría pasar, y que algunas de esas ideas vayan guiando el camino. Pero todo esto sucede en el presente, puesto que jamás diremos: voy a vivir en esta ciudad, de este modo, trabajando aquí.
Sabemos de lo efímero de las idea, del mundo que no es sino continuo devenir, del ser que no se anda quieto. Por eso, concebimos esta máxima no solo como útil en la vida presente, sino como negación a esa vida que ya habían planeado de antemano para nosotros.
Rechazar el futuro. Porque es algo que va a llegar, no que llegue. Porque cuando llega ya no es futuro sino presente: esto es lo único que tenemos, el hilo del que pende la vida.

martes 11 de noviembre de 2008

4

La depreciación del silencio

Había, y de hecho sigue habiendo -porque si algo bueno tienen las palabras, sobre todo las escritas, es que no mueren, al menos físicamente- un proverbio hindú, atribuido a Confucio, que afirmaba que era mejor no hablar si lo que iba a decirse no era mejor que el silencio. La cultura oriental, que yo desgraciadamente apenas conozco, choca en este aspecto con nuestra preciada civilización occidental. Creo que tras esta frase mi reflexión bien podría concluir, porque no es necesario añadir nada más: todos lo sabemos, todos somos conscientes de que, por muy bonito que sea ese proverbio, a nosotros nos cuesta mucho hacerlo nuestro de verdad.
¿Por qué? Obviamente no se puede buscar una única causa; tampoco se puede afirmar contundentemente que esto siempre ha sido así. Pero, desde luego, es muy posible que nuestro modo de vida actual guarde una relación muy estrecha con esta no-caracterización de nuestro mundo.
Pongo ejemplos simples que cualquiera puede apreciar: en el cine, las películas más taquilleras son, además de las más anunciadas en los medios de comunicación de masas, aquellas que ofrecen al espectador un tiempo de evasión del mundo real, un tiempo que se convierte en pura acción, frente al vacío y la monotonía que inunda sus vidas cotidianas. Una película carente de violencia, de efectos especiales, en definitiva de acción, en mayor o menor medida, muy difícilmente conseguirá atraer al gran público. Una película que intente ser más verdadera, en contra de la tendencia a la ficción que existe en nuestros cines -ficción ya no sólo sobre la fantasía misma, sino sobre la vida real-, en la que reine el silencio durante algunos minutos -el mismo que reina cuando una conversación real entre dos personas se gasta- resulta una película tachada, frívolamente, de aburrida. Es decir, no son aburridas nuestras vidas; es aburrida la película que muestra nuestra vida.
Ese silencio parece, en consecuencia, totalmente falto de sentido, porque el silencio no tiene significado alguno, porque el silencio es la nada, no produce. Y sin embargo el silencio dice mucho, claro que sin palabras, con el contexto de la mano, que junto con la imagen de la película, hace el mensaje mucho más evidente.
Y lo mismo ocurre con los libros. Esta tendencia ya no sólo infravalora el silencio -silencio que tiene sus causas, no un silencio porque sí- sino también la realidad misma, porque en vez de tratar de comprenderla, de cambiarla, la modifica a su gusto, o lo que es lo mismo: al gusto de aquellos que costean los anuncios de las películas en la televisión de cada casa y de aquellos que hacen de un libro millones de copias, despreocupándose a su vez de aquellos agotados y necesarios. No hace falta ser un gran observador para darse cuenta de que los libros más vendidos son los históricos -ambientados en otra realidad que no es la nuestra, aunque ésta última sea su fruto-, los libros de autoayuda -que pretenden dar soluciones fáciles y mágicas sin plantearse el por qué de los problemas psicológicos contemporáneos-, y los libros de ficción o fantasía, que merecen un comentario parecido.
Un libro centrado únicamente en la descripción psíquica de un personaje, de sus alegrías y de sus miserias, de su día a día rutinario, resulta, nuevamente, aburrido. Y volvemos a la espiral sin fin.
Por último, esta desvalorización del silencio no ocurre sólo en las dos vertientes artísticas ya mostradas -literatura y cine- sino que se extiende hacia nuestra vida cotidiana, como no podría ser de otra manera. Así, el silencio se nos hace terriblemente incómodo con personas que no son cercanas a nosotros -es decir, una muy buena parte de las personas con las que mantenemos contacto a diario- porque se ha establecido intangiblemente que hay que hablar, que hay que estar continuamente en movimiento, que todo ha de tener un fin claro, definido... sin pararse a reflexionar un poco -sólo un poco-, lo bastante como para estar de acuerdo o no con este texto.

martes 28 de octubre de 2008

3

La gran problemática rural: la despoblación

La comunidad autónoma de Castilla y León, junto con Galicia o Castilla-La Mancha –por citar algunos ejemplos-, presenta desde hace años un crecimiento demográfico negativo que se viene sucediendo desde el éxodo rural hasta la actualidad. Las razones que lo explican son, entre otras, una población claramente envejecida, una emigración incesante dirigida a los núcleos urbanos más activos de la región o exterior a ella y la falta de empleo y servicios a la población residente. En este campo, el programa Leader II ha actuado de una manera claramente insuficiente. Si bien ha intentado –y, en algunos casos, conseguido- potenciar aspectos como la diversificación agraria, la rehabilitación del patrimonio, el impulso de industrias endógenas, la dotación de servicios o el turismo rural, no ha tenido lo suficientemente en cuenta que para impulsar estas actividades hay que atraer primero población capaz de llevarlas a cabo, puesto que una población en su mayoría envejecida carece de actitud emprendedora e iniciativas.
La despoblación es, pues, la problemática rural por excelencia. Sólo un 10% de los municipios donde se han aplicado políticas de sostenibilidad social –dentro del programa Leader II- han aumentado su población. Esta población es mayoritariamente inmigrante, y bien por sus preferencias personales o por su adaptación a espacios rurales antes que a grandes urbes, es la que recientemente se ha ido incorporando a los municipios de la comunidad autónoma. Podemos hablar también del llamado retorno rural, por el cual personas ya jubiladas vuelven a su lugar de origen –las mismas que protagonizaron desde mitad del siglo pasado el éxodo rural- y que, como señalaba anteriormente, carecen de iniciativas más allá de montar un bar en su pueblo, y jóvenes con o sin hijos deciden cambiar su modo de vida y trasladarse a vivir en el campo, con unas condiciones completamente distintas de las que se dan en la ciudad y como una manera de negarse a formar parte de la actual sociedad de consumo, más palpable en los grandes núcleos urbanos que en municipios rurales.
Estos últimos han protagonizado desde la década de los sesenta el llamado neorruralismo, muy influido por los movimientos contraculturales y extendido por Europa y Norteamérica, potenciando el turismo rural, la artesanía o la agricultura ecológica, con el objetivo de favorecer un verdadero desarrollo sostenible en estos espacios rurales.
La sostenibilidad de la que tanto se habla actualmente no parece, por tanto, el camino a seguir. Es obvio que no se puede compaginar el crecimiento desmesurado –en muy diferentes ámbitos- de las ciudades y de la contaminación que provocan con la creación de nuevos métodos o alternativas más ecológicos dentro de éstas, puesto que su posición es claramente periférica y no se tratan de combatir los problemas que padecen, ya que éstos siguen aumentando día a día.
Creo que por eso es importante reflexionar acerca de todos esos municipios que quedaron completamente despoblados o que quedarán en un futuro reciente, si no combatimos ese abandono de un modo directo al ser plenamente conscientes de que es preciso cambiar el actual modo de vida en el que estamos completamente sumergidos.

Bibliografía:

Boletín de la A.G.E nº41. Año 2006. Págs 267-293.
Ekintza Zuzena nº21. Neorruralismo y Okupación rural, Luis Emilio Herrero Martínez.